Un hito en la medicina del Ecuador
Si se desea resumir la labor del Dr. Emiliano J. Crespo desde 1913 en Cuenca, hay que decir que fue quien introdujo la medicina moderna en el sur del Ecuador. Como opinó el Dr. César Hermida, uno de los historiadores de la medicina, la presencia de Crespo marca “un antes y un después” en la historia médica del Azuay.
Impulsó avances en traumatología
Hoy parece que los avances de la medicina se dieron de golpe, pero la verdad es que la historia nos muestra que ellos vinieron en épocas concretas y se introdujeron por sabios y especialistas con mucha dedicación y conocimientos. Fue el caso del Dr. Crespo en todas sus especialidades, por ejemplo, la de Cirugía Ortopédica y Traumatología.


Introdujo las inyecciones intravenosas en Cuenca
Las inyecciones intravenosas del Dr. Crespo (endovenosas, decía él), que nadie había administrado antes en Cuenca, causaron tal escándalo que algunos médicos tradicionales opinaban que causarían la muerte.
Cuando se vieron los magníficos resultados de sus tratamientos, algún médico, que ni siquiera era alumno de él, sacó un folleto en el cual, dándose de conocedor, afirmaba que, para poner inyecciones de este tipo, había que ponerse gorro, mascarilla, bata y guantes estériles.
Impuso la práctica de la asepsia
Como en muchas partes del mundo antes de que se introdujera la medicina científica, en Cuenca se actuaba sin ninguna cautela con los pacientes en las cirugías y los alumbramientos. La labor revolucionaria del Dr. Emiliano J. Crespo fue introducir la asepsia y la antisepsia, a pesar de la resistencia, incluso con burlas y denuestos, de los médicos chapados a la antigua.

“Hubo algún médico —y no de los malos— que para operar vestía la ropa más vieja y sucia, porque no quería que sus buenos vestidos se mancharan con sangre, pus u otros líquidos orgánicos procedentes de las heridas”.
Dr. Emiliano J. Crespo

Realizó más de 5.000 cirugías
Gracias a los conocimientos adquiridos en Francia, el Dr. Crespo Astudillo fue el primero en realizar operaciones quirúrgicas complejas en Cuenca, incluyendo las abdominales, las pélvicas y las toráxicas, además de las de extremidades, cuello y cabeza.
Para poder efectuarlas, también fue el primero en anestesiar con éter y no con cloroformo, como se solía hacer hasta entonces, corriéndose el riesgo que tan anestesiado estuviera el paciente como el anestesista… Trajo de París una máscara de Ombredanne para la administración del éter. También era muy hábil para aplicar la anestesia local.
El cirujano
(A mis colegas del mundo)
Por Emiliano J. Crespo
❞
Es sumo sacerdote el cirujano
de un augusto ritual: ¡la cirugía!
Revestido de blanco, cada día
oficia en su santuario: el quirofano.
Es semidiós ante el dolor humano.
Su bisturí, su ciencia, su maestría
permítenle extirpar con osadía
el mal de las entrañas del hermano.
En el sancta sanctorum él se adentra
del cerebro, que piensa y excogita,
arranca el mal y las funciones centra…
Yerto en su mano un corazón gravita,
pero, a su imperio, un nuevo ritmo encuentra
y él, como Dios, ¡a un muerto resucita!
Cuenca, 1953
Como el cloroformo era una sustancia de difícil manejo y que causaba más de un problema, el doctor Crespo, en su afán de dar a sus alumnos un medio nemotécnico para confirmar que el estado del cloroformo era apto para aplicarse y no se produjeran desgracias, compuso la siguiente décima:
El cloroformo
Por Emiliano J. Crespo
❞
De suave olor, transparente
no enrojece el tornasol,
con agua, si no hay alcohol,
no se vuelve opalecente.
Se evapora totalmente
si se vierte sobre una hoja.
Con cristales de fushina
no da coloración roja.
Y con sal argéntica
precipitado no arroja.
Fue el primer médico en atender partos
Puede ser asombroso, pero Emiliano J. Crespo fue el primer médico en Cuenca en atender partos, pues por un mal entendido pudor, los hombres estaban prohibidos de brindar asistencia en los partos y, si se llamaba a un médico, este debía permanecer en cuarto aparte y solo intervenir en caso de peligro de muerte, pero sin que pudiera ver la zona genital de la parturienta.
Prevención de infecciones puerperales
En los partos se daban, con
demasiada frecuencia,
infecciones, llegando a veces
a producirse epidemias.
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La asepsia y la antisepsia eran tan desconocidas hasta entonces, que las infecciones eran de lo más común, sin que se supiera que nacían de la falta de higiene.
Las infecciones puerperales de 1906 mataron a muchas madres de todos los estratos sociales en Cuenca, a pesar de la presencia en esta ciudad del eminente médico francés Dr. Paul Rivet, quien no conocía de asepsia.
Entre las víctimas estuvo una hermana de Emiliano, joven madre de tres niños, Raquel Crespo Astudillo, de 26 años de edad, esposa del Dr. Miguel Cordero Dávila. Uno de los tres hijos que quedaron huérfanos, fue Luis Cordero Crespo, del mismo nombre de su abuelo, el presidente de la República, y quien llegaría a ser alcalde de Cuenca.
El parto que le dio la fama al Dr. Crespo
El primer parto que el Dr.
Crespo atendió en Cuenca,
cuyo éxito fue base de su fama,
fue el de la esposa de un
pariente suyo.
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Ella había tenido dos partos terribles, perdiendo su primer hijo y sufriendo, en el segundo, una fiebre puerperal de la que se había salvado de milagro.
Oyendo del éxito de sus operaciones, el marido, desesperado, acudió a consultarle si podía atender a su mujer en su tercer parto. Le confió que venía a verle solo después de que él y su esposa habían obtenido el permiso de sus respectivos confesores, a quienes habían consultado. El Dr. Crespo agradeció al caballero y, con la confianza que le daban sus conocimientos, le aseguró que el parto sería seguro y que ni su mujer ni su hijo correrían riesgo alguno.
Siendo el primer parto que iba a atender en Cuenca, el Dr. Crespo se preparó cuidadosamente. Sabía que de su éxito dependía el futuro de su profesión en la sociedad cuencana. Preparó también a la paciente, estableciendo ejercicios de gimnasia materna, relajamiento y respiración. Coordinó para que, en cuanto se acercara el parto, acudieran a su consultorio, donde tenía todo listo para cualquier eventualidad. El parto fue muy bueno, el niño nació vivo, la parturienta no sufrió demasiado, el puerperio fue tranquilo y la convalecencia rápida.
La noticia se regó rápidamente en Cuenca e hizo que, desde entonces, literalmente, miles de madres acudieran confiadas al momento de dar a luz.
Atención a madres sin recursos
Malhadado destino
de esta horrible profesión:
por la noche comadrón,
a la mañana padrino.
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A lo largo de cuatro décadas, en las manos conocedoras del Dr. Crespo llegaron más de 10 mil niños al mundo y en ninguno de esos partos se presentó jamás una fiebre puerperal, debido a los cuidados asépticos y la meticulosa preparación.
A veces, cuando veía que la familia era muy necesitada, el Dr. Crespo no cobraba honorarios. Solo que, en ocasiones, los padres del recién nacido, sin saber de qué manera expresar el agradecimiento al médico, llegaban con el pedido de que fuera el padrino del niño. Con la vena poética y el humor que tenía, el Dr. Crespo compuso entonces un verso.
Distinguió varios tipos de parásitos
El Dr. Emiliano J. Crespo fue el primero en el país en identificar y hacer conocer numerosos parásitos que afectaban a la población, no solo de Cuenca sino de otras zonas del país. Su ojo clínico y sus exámenes le permitieron descubrir, antes que nadie, que había parasitismo intestinal (anquilostomo) en el litoral ecuatoriano, que muchas veces se confundía con paludismo, por la anemia que producía, y que requería un tratamiento diferente, pues medicar como palúdicos a quienes no lo eran no conducía a mejora alguna y, lo que es peor, muchos serranos que lo adquirían en la Costa, al estar mal medicados, volvían a la Sierra solo para morir.
Las primeras observaciones microscópicas
La mejora en la técnica de fabricación de vidrio desde el siglo XVI permitió confeccionar mejores lentes, más pulidos, con curvaturas más homogéneas, lo que les dio más potencia para ver más lejos (telescopios).
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En 1590, el fabricante de lentes holandés Zacarías Janssen hizo observaciones de lo cercano, agrupando dos lentes, un cóncavo y un convexo, por lo que se lo considera inventor del microscopio. Otra versión dice que fue Galileo quien lo inventó en 1629 y, en todo caso, fue el primero en utilizar esta palabra.
Las primeras observaciones claramente microscópicas, con unos aparatos que se fabricó él mismo (el microscopio simple) fue otro holandés, Antonie van Leeuwenhoek (1632- 1723). Describió que veía una gran variedad de organismos extraños en el agua, los fluidos corporales, el suelo. Sus observaciones mostraron que allí donde se pensaba que no había nada, en realidad sí había huevos, larvas e insectos diminutos. Fue el primero en observar protozoos, espermatozoides, estrías musculares y bacterias bucales.
Los microscopios despertaron un interés enorme en la comunidad científica, y sus miembros fueron descubriendo el mundo de lo (hasta entonces) invisible. Con todo, los microscopios ópticos de entonces apenas sobrepasaban los 200 aumentos. No fue hasta 1877, gracias al físico alemán Ernst Abbe, que trabajaba para Carl Zeiss, que se consigue 2.000 aumentos, el máximo alcanzado en un microscopio óptico.
Este perfeccionamiento permitió el auge de la biología. Particularmente, la fundación de la citología por Schleiden y Schwann, las investigaciones de Virchow sobre la patología celular y los estudios bacteriológicos de Louis Pasteur. Con el tiempo, nuevas tecnologías permitieron hacer microscopios más y más potentes. En 1904 la fábrica Zeiss desarrolló el primer microscopio de luz ultravioleta, con el que se superaba la limitación de resolución impuesta por la longitud de onda de la luz visible.
Pero a la larga ya no se utilizó la luz sino otras radiaciones. El microscopio electrónico (diseñado por los alemanes Ernst Ruska y Max Knoll entre 1925 y 1930) fue capaz de alcanzar hasta 500.000 aumentos. Entonces ya no mirábamos las células, sino que observábamos el interior de las células. Y finalmente se fabricaron aparatos basados en principios completamente diferentes, como el microscopio de efecto túnel, que reveló directamente los átomos y fue diseñado en 1982 por los suizos G. Binnig y H. Rohrer, del laboratorio de I.B.M., en Zúrich, lo que les valió el premio Nobel en 1986.
El Dr. Crespo cambió el tratamiento del absceso hepático
En el Ecuador de la segunda década del siglo XX solo se conocían de nombre las amebas, pero nadie las había identificado y tratado… hasta que llegó el Dr. Emiliano J. Crespo.
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Una de sus peores manifestaciones, el absceso hepático, por lo demás muy común en el Azuay, se trataba con un método bárbaro: quemar la piel, con un apósito embebido en un barniz irritante, que producía una inflamación. Con estas “bárbaras maniobras”, llamadas “revulsión”, lo que se pretendía es “atraer la inflamación del órgano afectado hacia la superficie o contrarrestar una inflamación con otra inflamación”, según cuenta en sus Memorias.
Este método, por supuesto, no servía sino para hacer sufrir más al paciente. Si este no moría y el absceso se hacía notorio debajo de la piel, los médicos de la época se disponían a operar, sin anestesia, sin desinfección previa, y casi siempre de sorpresa: simulando que palpaban la región, hundían de sopetón un bisturí que llevaban oculto bajo la manga, sin dar tiempo al enfermo a huir. Como cuenta el Dr. Crespo: Brotaba el pus achocolatado en abundancia, regándose por la cama y el suelo. A veces … saltaba el enfermo y se ponía en fuga con el bisturí apretado entre las costillas —cuando el absceso había evolucionado por el tórax— mientras el cirujano le perseguía para recuperar su instrumento… Espectáculo de tauromaquia, ¿no es verdad?
Estos métodos, precisa en otra parte de su libro, no se empleaban solo en el Ecuador, “de modo que” a los médicos connacionales “no hay que criticarlos mucho … porque aún grandes médicos y cirujanos europeos habían practicado tales métodos”.
El Dr. Crespo dejó atrás tales procedimientos. Mediante exámenes de laboratorio identificaba las amebas y otros parásitos, y recetaba los vermífugos y las dietas convenientes. Si se trataba de un absceso hepático, lo operaba con la anestesia adecuada y sus cirugías solían ser un éxito.
Por cierto, el Dr. Crespo recomendaba el tratamiento con emetina, la punción del hígado (con el método de Rogers de Calcuta) y, si el absceso no cedía, la extirpación del hígado (hepatotomía).
“El doctor Crespo fue un puente entre la medicina antigua y la moderna, un hito, entre el médico general, el médico de familia, el consejero y depositario de los secretos físicos y morales del hogar”.
Dr. Leoncio Cordero
